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Día del Libro.

 

Esta celebración comenzó en Argentina el 15 de junio de 1908 como "Fiesta del Libro". Ese día se entregaron los premios de un concurso literario organizado por el Consejo Nacional de Mujeres. En 1924, el Decreto Nº 1038 del Gobierno Nacional declaró como oficial la "Fiesta del Libro".
El 11 de junio de 1941, una resolución Ministerial propuso llamar a la conmemoración "Día del Libro"  y desde ese entonces todos los 15 de junios se celebra en Argentina el Día del Libro.

Con motivo del día de Libro durante el mes de junio hemos realizado actividades especiales en el colegio.  Una de ellas, fue la lectura del cuento "El día que las abuelas perdieron la memoria" del escritor Cordobés Oscar Salas. Aquí les dejamos el cuento para que puedan disfrutarlo en familia. 


Hace mucho, mucho tiempo, el duende Brincatablón, que era tan pícaro y ladrón, les robó la memoria a todas las abuelas y corrió a esconderse en la cueva del bosque donde vivía.

Una vez allí, tomó la almohada de su cama y le sacó el relleno de lana. Volvió a llenarla con su precioso botín y la cosió.

Desde entonces, cuando se iba a dormir, escuchaba una historia diferente cada noche, proveniente de las memorias de las miles de abuelas.

Así, el pícaro duende pensaba tener cuentos para oír durante toda su vida.


¡Qué sorpresa se llevaron los chicos al día siguiente, cuando les pidieron a sus abuelas que les contaran un cuento!

–¡Qué raro…no me acuerdo de ninguno! –decían las viejitas.

– ¡Vamos, abue, aunque sea el mismo de anoche!

–¡Tampoco lo recuerdo! –respondían ellas, sin comprender cómo, de un día para el otro, habían olvidado todos sus relatos.

De nada sirvieron los jarabes que les recetaron los doctores ni los yuyos mágicos de las curanderas. Las abuelas no lograban recordar ni un solo cuento. Se acordaban de alguna que otra receta de cocina, de algún remedio casero para curar o de cómo bordar un mantel.

Pero ninguna de estas cosas les interesaba a los chicos.
Mientras tanto, el duende Brincatablón se la pasaba en el fondo de su cueva oyendo cuentos.

Había descubierto que, según en qué parte de la almohada pegaba la oreja, escuchaba un relato distinto.

En el centro estaban las historias de piratas que hablaban de tesoros escondidos, playas lejanas y rudos marineros.

Un poquito más arriba sonaban cuentos de hadas, con bosques encantados, dragones que echaban fuego y princesas prisioneras.

En la punta, donde se le formaba una orejita a la almohada, al duende se le hacía agua la boca oyendo fábulas de ciudades de caramelo, con torres de chocolate, lagos de almíbar y árboles de turrón.

Pero sobre la costura, el duende Brincatablón se cuidaba muy bien de no volver a poner la cabeza. Ahí, entre las puntas del hilván, había quedado cosida la memoria de una abuela que coleccionaba cuentos de terror.

Terribles fantasmas arrastraban cadenas por castillos embrujados en las noches de tormenta y… ¡Brrr! ¡Cosas que daban mucho miedo y provocaban pesadillas!

Desde que tenía su “almohada de cuentos”, como él decía, no hacía otra cosa que estar el día entero en la cama, empachándose con cuentos, caramelos y durmiendo.

Había engordado tanto, que casi no podía pararse para pasar el plumero o barrer.

En poco tiempo, la cueva se le llenó de polvo y telarañas. Y, lo que fue peor, de polillas.

Las polillas le comieron la ropa, el mantel, el colchón… Y una noche, mientras dormía, el forro de la almohada.

Fue entonces…

…cuando las memorias escaparon y volaron a reunirse con sus respectivas abuelas.

Cuando el duende despertó, y vio lo ocurrido, se enojó tanto con las polillas que estuvo toda la mañana persiguiéndolas y amenazándolas con ponerlas a contar cuentos por el resto de sus vidas.

Las abuelas recuperaron su memoria. Pero como se enteraron de que había sido el duende Brincatablón quien se las había robado, decidieron escribir sus historias en papel, por si alguna vez el pícaro ladrón volvía a hacer de las suyas.

Y así fue como nacieron los libros de cuentos.